Consolidando el nuevo paradigma

El enfoque científico de la AE se ha nutrido de muchos frentes: desde los aportes de pioneros  como Howard y Steiner hasta los postulados de Chabousson, Fukuoka y Primavesi y la crítica de Altieri o Toledo, nombres todos plenos de significado para los estudiosos del tema.  En Colombia el acervo de conocimientos se nutre de las experiencias y textos de Mario Mejía, Carlos Ramírez, Jairo Restrepo, David Díaz o Enrique Murgueitio.  En común, tales pensadores se caracterizan por la puesta a punto de procesos complejos dentro de las fincas y  la proyección de ideas paradigmáticas que sirven de referencia para el quehacer  investigativo.

No obstante que  ellos proveen bases científicas para el abordaje integral de los agroecosistemas,  el camino por recorrer todavía es muy amplio en términos de su sistematización y de la resolución de incógnitas alrededor de los efectos atribuibles al factor “sistema” sobre la estabilidad y la productividad de los  sistemas de cultivo implicados en la AE.   Varios obstáculos metodológicos, por fuera de aquellos de índole social, económica o política, se atraviesan en el camino de las agriculturas alternativas.

Recuérdese que el acto agronómico está inmerso en y es reflejo de la sociedad en su conjunto y que por lo tanto la investigación científica alrededor de la AE no puede escaparse a situaciones tan trilladas pero tan esenciales como la formación de investigadores, los presupuestos disponibles, la política estatal e institucional en que ellos se desenvuelven, la actitud de los productores, el mercado..., factores todos de enorme importancia para comprender el qué, el por qué y el cómo de la generación y transferencia de conocimiento en AE,  pero cuyo análisis se escapa al propósito de este escrito.

 

El reto a enfrentar en el campo meramente metodológico se relaciona con la solución a preguntas como ¿Cuáles son los efectos totales o parciales de determinadas prácticas agronómicas? ¿Funcionarían ellas por igual en sistemas de agricultura convencional u orgánica? ¿Hasta qué punto se justificaría separarlas del contexto integral del agroecosistema para estudiar su especificidad? ¿Cómo interrelacionar datos de campo con datos de laboratorio? ¿Bajo qué tipos de diseños experimentales deben montarse los estudios que incluyen múltiples variables ecosistémicas y culturales? ¿A qué niveles de detalle se debe llegar para entender fenómenos como la alelopatía? ¿Cómo incluir variables culturales en los análisis agroecológicos? ¿Cómo evaluar comparativamente los sistemas de agricultura desde el punto de vista de la economía ecológica? ¿Qué recursos y  qué sistemas de medición deben emplearse en estas valoraciones? ¿Flujos de energía? ¿Balance de materiales? ¿Cómo asignar valores a las interrelaciones ecosistémicas? ¿Cómo introducir el concepto de calidad en estos procesos?.... en fin.

Las soluciones a tales preguntas han ido configurándose a medida que se avanza en las investigaciones pero siempre se corre el riesgo, sobre todo en investigadores jóvenes, de sucumbir fascinados ante los principios de la AE y de no realizar los estudios atendiendo a niveles de complejidad. El resultado: investigaciones deficientes que probablemente hacen más daño que bien al modelo de la AE.

El estar consciente de la complejidad de los temas a abordar y de las escalas a utilizar debe ser un primer pre-requisito en el acercamiento investigativo en agriculturas alternativas, especialmente cuando se carece de información validada previamente. Los investigadores tienen derecho a aislar fenómenos (por ejemplo, si desean valorar los principios activos o los modos de acción de un purín) y estudiarlos en condiciones controladas, a cambio de señalar los límites en las variables que están dispuestos a aceptar y de señalar los pasos siguientes que llevarán a insertar ese purín dentro de un contexto complejo.  Esto puede ser cierto igualmente en el caso en que el investigador se ocupe de trabajos con caldos microbianos, extractos vegetales o controladores biológicos.

Es posible interesarse por las interacciones específicas y las explicaciones últimas, pero manteniendo la vista alrededor de las interacciones complejas, único entorno posible en donde se prueba la veracidad de las hipótesis.  Los agroecosistemas son complejos y variados en sí mismos y en ellos  residen las posibilidades de asimilar o no tal o cual práctica.  El investigador curioso aislará fenómenos para pensarlos individualmente y luego los reintroducirá al agroecosistema para comprobarlos integralmente.

Lo que resulta contraproducente es intentar manejar una gran cantidad de variables sin atender las escalas de trabajo, sin un proceso metodológico acorde con ellas (análisis multivariados o simples, según el caso) o ignorando las interrelaciones.  Muchos investigadores pretenden manejar al mismo tiempo tres o cuatro sistemas de labranza, dos o tres arreglos espaciales de cultivos, varios materiales como abonos verdes, coberturas muertas o compost y cantidades indeterminados de extractos para controles de insectos o enfermedades sin especificar las características de los diseños, el número de parcelas y su extensión, las variables dependientes y los indicadores involucrados.

Ello, que obedece a las más elementales reglas de la investigación experimental, a menudo es olvidado por los investigadores en formación,  causando confusión en las aplicaciones reales de la AE.   Incluso, investigadores avezados, no logran introducir análisis complejos en cuestiones de suyo integrales, como estudios sobre diversidad agrosistémica, reteniendo solo algunos componentes de esa diversidad.

Varios temas son prioritarios para estudiar dentro de esa concepción en el contexto colombiano: manejo de suelos tropicales bajo diversos tipos de asociaciones de cultivo, sistemas de labranza, estudios del potencial microbiológico, dinámica de caldos microbianos en diferentes contextos biofísicos,  caracterización y sistematización del conocimiento sobre purines e hidrolatos incluyendo dosificaciones,  épocas de empleo, posibles efectos fitotóxicos; abonos y fertilizantes naturales; sistemas de agricultura de sol y de malezas; alelopatía y plantas medicinales; agroforestería y silvicultura; homeopatía; usos de la biodiversidad; granjas integrales; reciclaje de materiales; ciclos de nutrientes; calidad nutricional de alimentos; mercados verdes; análisis económicos y valoraciones ecológicas de los recursos y servicios ambientales implícitos en la AE;  análisis regionales de agroecología....

Pero si se quisiera tener una visión integral en el marco de los estudios agroecológicos deben introducirse temas relativos a la cultura y entre ellos sobresalen, por ejemplo, aquellos relacionados con los procesos de transferencia, que incluyen tópicos ligados a las interrelaciones agricultores / investigadores, a la generación de conocimientos y tecnologías de manera compartida y a la viabilidad económica y social de las tecnologías seleccionadas.  Aún más:  Colombia debiera explorar el significado político de la agroecología, su valor como modelo de desarrollo, su capacidad para modificar las relaciones económicas en el sector rural; sus implicaciones en la política de seguridad alimentaria o su potencial como instrumento en los futuros escenarios de paz nacional.

El abordaje de las sucesivas problemáticas derivadas de los temas expuestos, exige necesariamente una decisión política de adoptar la AE como eje central de un proceso de construcción o reconstrucción de la sociedad colombiana, reconociendo que los actuales niveles del conflicto armado marcarán el futuro de por lo menos las próximas tres generaciones de compatriotas.

Lo anterior debe verse también dentro del contexto de la actual revolución científico – tecnológica que presiona por introducir elementos falsos como componentes de la AE, en especial las ideas relacionadas con los cultivos transgénicos.  Quienes defienden  la AE saben muy bien que los transgénicos hacen parte de las estrategias de revolución verde e implican procesos cada vez más fuerte de dependencia económica, desestabilización ecosistémica y generación de riesgos ambientales que son innecesarios dentro del contexto de una política agroalimentaria verdaderamente soberana. El poder transnacional insufla fuertemente esta opción que es inaceptable desde el punto de vista de las agriculturas alternativas.

El país debería reflexionar sobre las circunstancias anotadas y adoptar una política clara al respecto, sin ceder a las presiones o al chantaje derivado de ellas para embarcarse en un peligroso modelo transgénico. En la AE Colombia puede encontrar la semilla de un modelo de reconciliación de los seres humanos entre sí, de ellos con la naturaleza y de ésta con el modelo de desarrollo.

Los retos en la parcela

En la finca o en la parcela aparecen varios interrogantes relativos al manejo  de los cultivos y a las relaciones agricultor / investigador

No obstante, desde el punto de vista  cultural, la inserción del paradigma biológico en nuestro medio enfrenta varios obstáculos que provienen tanto de la misma organización socioeconómica como de la orilla de la tecnología y de las construcciones simbólicas, especialmente de la ciencia. Veamos algunos de estos aspectos:

En primer lugar, el mismo hecho de no poder concebir la agricultura ecológica por fuera de la visión integral  que exige  la incorporación simultánea de todas las prácticas mencionadas, la coloca casi al mismo nivel del tan cuestionado  concepto del “paquete tecnológico” proveniente de la Revolución Verde y ello en sí  mismo constituye una gran dificultad al momento de la aproximación al predio campesino o a la empresa  agroindustrial.

En efecto, la difusión de la agricultura ecológica en el medio europeo se facilitó gracias a las características más o menos similares de los agricultores en relación con la propiedad de la tierra, el acceso a la tecnología, la infraestructura física de apoyo, las condiciones climáticas regulares y unos suelos con características de mayor uniformidad en relación a las áreas tropicales. El origen mismo de esta opción agrícola se dio como respuesta a una creciente homogenización del proceso agrario, a la pérdida de identidad del agricultor (recordemos que en los países industrializados los porcentajes  de agricultores, por  no hablar de campesinos, no superan el 2% de la población económicamente activa y que la mayor parte de ellos comparten su actividad agrícola con otras labores cotidianas), a los crecientes fenómenos de contaminación de aguas y suelos y a los movimientos sociales y de opinión pública que reivindican el derecho a una alimentación sana y a un entorno natural agradable.

Lo anterior facilitó los procesos de reconversión de la agricultura de Revolución Verde a agricultura ecológica en los agricultores que así lo desearan, simplemente porque no se estaba arriesgando la seguridad del ingreso familiar, dado que se contaba, además, con un mercado dispuesto a pagar sobre-precios por productos agrícolas libres de plaguicidas. .Allí resultaba más fácil “oponerse” y aceptar la totalidad de la concepción ecológica de la agricultura, vista incluso como paquete tecnológico o como sumatoria de prácticas agrícolas.

Pero la realidad colombiana y en general la de los países tropicales “subdesarrollados” es fundamentalmente diferente: la propiedad de la tierra es desigual tanto en cantidad como en calidad dada la existencia de los latifundios típicos en las áreas planas y del minifundio de ladera,  acompañados de toda una constelación de formas precarias de tenencia o de arrendamiento; la tecnología de Revolución Verde está asociada, incluso de manera parcial, con las explotaciones agroindustriales tecnificadas en tanto que en la economía campesina de ladera las denominadas tecnologías apropiadas están aún por crearse; la infraestructura  vial o de servicios nuevamente está relacionada con la cercanía a los centros urbanos o industriales del poder y en consecuencia, son crónicas las carencias de carreteras, escuelas, servicios de agua, luz o alcantarillado en las regiones montañosas, en donde, además, la única presencia efectiva la ejerce el intermediario que se apropia de los excedentes económicos, desvirtuando de esta manera el libre juego del mercado.

Adicionalmente, es necesario contar con la gran diversidad biológica característica del trópico  que se opone a la formulación de recetas universalmente válidas. Lo que puede ser cierto para una condición de clima, relieve y suelos dada, puede que no lo sea para la misma combinación de factores pero que está siendo manejado por una comunidad humana diferente y al contrario: campesinos con similares niveles de organización pueden responder de manera diferente a una variación sustantiva del entorno biofísico.

No es lo mismo la agricultura de los altiplanos de Boyacá y de Nariño por motivos culturales, como nunca será igual la percepción de la vida de un habitante negro del Chocó Biogeográfico a la de un indígena amazónico, a pesar de compartir el mismo bioma de bosque húmedo  tropical.

Finalmente, es necesario recalcar que pese a la masiva acción publicitaria que por décadas acompañó los procesos comerciales de agroquímicos, su utilización es irregular e intermitente en algunas áreas de economía campesina, en donde no se logra dibujar con claridad un patrón  nítido de uso excesivo de pesticidas sintéticos, aún cuando se conocen extensas zonas y varios subsectores críticos (tomate, habichuela y papa en Santander, Cundinamarca y Boyacá, por mencionar solo algunos casos famosos en Colombia). No sucede lo mismo, por supuesto en las regiones de agricultura comercial, en donde el patrón de uso de agroquímicos es más uniforme.

En las condiciones anotadas, no es posible realizar una transferencia rápida y eficiente de una serie sucesiva de  prácticas, más aún si conllevan  un grado significativo de incertidumbre.

La AE en tanto que paquete tecnológico se opone a las recomendaciones dadas por muchos expertos y ONGs para llevar a cabo  un proceso exitoso de transferencia de tecnología,  porque  de entrada se apela a principios y no a realidades. La multiplicidad de variables en juego hace difícil comprender que la mejor manera de llegar a un sistema complejo es iniciando con un solo paso sencillo, tal como lo señala Rolando Bunch en su  libro “Dos Mazorcas de Maíz” (1982).

Luego de una serie de importantes reflexiones sobre los objetivos generales de los programas de transferencia de tecnología y sobre los mecanismos más eficaces para lograr la participación de la gente en la planificación y ejecución de sus propios proyectos, el autor, basado en la experiencia de muchos programas grandes y pequeños de extensión agronómica, sugiere y explica, entre otros los siguientes pasos como requisitos mínimos para lograr los objetivos de un exitoso programa de transferencia: a) empezar despacio y en pequeño b) limitar la tecnología c) seleccionar una tecnología apropiada d) experimentar en pequeña escala. La obra de Bunch (op.cit.) está llena de argumentos que refuerzan las fases  señaladas, en especial, la necesidad de limitar la tecnología.

Ahora bien, la experiencia de Vecinos Mundiales, ONG a la que  pertenece el autor,  indica que existe un amplio número de criterios aplicables para seleccionar una tecnología apropiada en cualquier área específica. En este sentido, la tecnología debería, por lo menos, satisfacer una necesidad sentida, ofrecer un incremento significativo y seguro en el abastecimiento de comida o en los ingresos económicos, generar resultados exitosos inmediatos, adaptarse a los patrones agrícolas locales, atacar el (o los) factores limitantes de la producción, utilizar recursos disponibles en la zona, estar relativamente libre de riesgos de fracaso, ser culturalmente aceptable, utilizar mano de obra local, ser de fácil comprensión, asegurar el mercado, enseñarse fácilmente y despertar el entusiasmo entre los campesinos.

La aplicación global de los principios de la agricultura ecológica entra en conflicto por lo menos con cinco de los argumentos anteriores: el consejo de limitar la tecnología se opone a la  intención de la escuela ecológica de introducir varias prácticas simultáneamente;  empezar en pequeño entra en conflicto con la necesidad de establecer sistemas amplios de producción ecológica, a escala de finca; el asegurar el mercado como criterio central para seleccionar una tecnología, se ve seriamente obstaculizado en razón de la poca demanda de productos ecológicos en nuestro medio; atacar especialmente los factores limitantes de la producción también contradice la visión global de la agricultura ecológica y, finalmente, la exigencia de generar resultados exitosos e inmediatos y estar libre de riesgos de fracaso, enfrenta otro de los mayores obstáculos de la agricultura ecológica: la ausencia de conocimiento científico acumulado y/o socializado sobre prácticas integradas de manejo en nuestro medio.

 



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