ABUSOS DEL CONCEPTO ECOSISTEMA
El ecosistema, tal como ha sido definido en este curso, es el resultado de un largo proceso de evolución y transformación de la energía y de los elementos físico-químicos. "Ecosistema" es un término preciso postulado por los biólogos para organizar las múltiples leyes que regulan el sistema de la vida. No es aplicable a otros sistemas energéticos, sin que pierda sus posibilidades heurísticas. El ecosistema, en efecto, es un flujo energético que organiza en ciclos los elementos biogeoquímicos y que posibilita la organización de las cadenas de alimento dentro de un equilibrio regido por los nichos ecológicos.
Fuente: Cuadernos Ambientales. Serie Ecosistema y Cultura #1. Augusto Ángel Maya.
Tomado en este sentido preciso, el concepto no se transcribe a otros sistemas energéticos menos complejos como el físico, o artificiales como el sistema cultural. Si ecosistema significa cualquier flujo energético, la amplitud del concepto que cobija todos los procesos de la materia, pierde completamente su valor como instrumento científico de análisis.
Los ecologistas han abusado del término ecosistema, pero no solo ellos. Muchos científicos provenientes de diferentes disciplinas han intentado trasladar los conceptos ecológicos al seno de sus propios campos de conocimiento. La ecología ha ejercido una cierta fascinación por la coherencia sistémica de sus análisis y es, junto con la lingüística y quizás por las mismas razones, la ciencia que más ha irradiado sus conceptos y sus leyes. Los conceptos de ecosistema o de nicho han migrado hacia otros campos del conocimiento o han sido popularizados por el fervor ecologista.
Esta irradiación ha traído, sin duda, ventajas, por-que ha estimulado el análisis y la transformación de los paradigmas, pero son posiblemente mayores las desventajas y las confusiones de su uso indiscriminado. Los espacios tecnológicos organizados por el hombre, dentro de leyes muy diferentes de manejo energético, difícilmente pueden cobijarse con las mismas denominaciones que sirvieron a los ecólogos para organizar las leyes del sistema vivo.
Una ciudad, por ejemplo, no es ni un ecosistema ni un nicho. Es el hábitat cultural del hombre. La ciudad tiene sus propias leyes de transmisión energética que difícilmente pueden asimilarse a las de la estructura ecosistémica. El flujo energético de la ciudad no entra al sistema a través de la fotosíntesis ni se organiza en niveles tróficos. Carece, por igual, de nichos ecológicos que regulen el equilibrio global.
Evidentemente una ciudad puede conservar algunos restos del ecosistema primitivo, profundamente alterado. Se conservan algunas cadenas alimentarías. Unos pocos gorriones viven de los desperdicios al igual que los ratones, las cucarachas y esas eternas compañeras del hombre que son las moscas. Todas estas especies viven en la periferia, nutriéndose de la acumulación alimenticia de la ciudad. No pueden llamarse animales domesticados. Quizás les conviene más el nombre de parásitos de la civilización.
Más al interior del orden humano están los animales domesticados. Plantas sembradas en hermosos jardines, de acuerdo con la selección realizada por el hombre que nada tiene que ver con las leyes de la asociación y de la sucesión vegetal. Son plantas escogidas por su colorido o sus méritos ornamentales, pero que no cumplen una función dentro del paisaje, a no ser las que el hombre requiere para su solaz. Alimentan algunas aves y deleitan al hombre. Algo similar puede decirse de los animales. El hombre los asimiló a su dieta alimenticia. Sus funciones dentro del ecosistema fueron reemplazadas por funciones ejercidas para el servicio del hombre, funciones cada vez mis ornamentales y superfluas a medida que la fuerza animal es desplazada por la máquina.
Estos son los restos de ecosistema que se pueden encontrar en la ciudad, con funciones definidas por las necesidades de la civilización y no por las exigencias de los procesos de la vida. Todo lo que no esta dentro de los márgenes de las necesidades humanas o todo aquello que puede entrar en competencia con el orden de la cultura, es encerrado en esas prisiones que se llaman zoológicos. Allí los animales, desplazados de sus funciones, son encerrados en un perfecta orden turístico, sin ninguna relación con las exigencias de densidad o de territorialidad propias del orden ecosistémico.
La perdida del nicho ecológico significa para las especies algo muy similar a la muerte social que representa la locura dentro del orden humano. Los sonidos que se acumulan entre las mallas de un zoológico no tienen que ver nada con el código de comunicación que rige las relaciones ínter e intraespecíficas existentes en un ecosistema. Como en el manicomio, son sonidos que han perdido su significación o cuya significación ha sido desplazada a las necesidades inmediatas de un orden presidido por el hombre.
Dado que los animales difícilmente se reproducen en cautiverio, el manicomio de los zoológicos significa por igual la desaparición de las especies o la instauración de formas universales de domesticación. No hay muchas posibilidades de que las especies se transmitan genéticamente las nuevas formas de adaptación, al menos mientras el hombre no logre concluir el proceso de domesticación iniciado hace diez mil años, pero interrumpido al final del neolítico y que ojalá no lo concluya nunca.