Historia de Vida

Camino
camino y siempre me detengo a pensar:
qué tan importante es mi cultura indígena...
¿O por qué será que estoy en este cuento?
Tal vez, porque soy Buinaima,
un espíritu que recorre caminos extraños
y desconocidos en la infinidad del saber
para iluminar un poco, tan siquiera
como un hilo de luz
que ilumina el sendero
de sus hermanos generacionales...

Jorge Herrera Domínguez

Mi nombre es Jorge Herrera Domínguez Calderón, hijo de Joaquín Herrera Calderón (Uitoto) y María Elvira Domínguez Ruíz (Andoque). Nací en un paraje cercano al municipio de Solano llamado "El Palmar". Soy el tercer hermano de siete que fuimos: Jesús Antonio, Joaquín, Jorge, Fanny (paradero desconocido), Manuel (fallecido), Ismael y Ninfa.

Hice mi primer año escolar en la población de Mandalay (Base Aérea de Tres Esquinas). Después, seguí mis estudios primarios en la comunidad. Los estudios secundarios los realicé en el municipio de Solano (hasta cuarto); culminé mi bachillerato en el Instituto Técnico Comercial Sagrados Corazones, de la ciudad de Florencia. Y mis estudios universitarios en la Universidad Nacional de Colombia, en la Facultad de Ciencias Humanas, la carrera de Sociología. En la actualidad me encuentro adelantando la monografía sobre las poblaciones o comunidades indígenas a las cuales pertenezco, para alcanzar mi grado de sociólogo.

Nací en uno de los primeros asentamientos indígenas organizado después de haber emigrado mis familiares de los alrededores de Florencia, por presión sobre sus territorios por parte de los colonos provenientes del interior del país.

Nací a las orillas del río Caquetá, muy cerca a la confluencia entre el río Caquetá y el Orteguaza. En la actualidad vivimos en un resguardo indígena llamado El Quince cuando se creó el resguardo. Ahora le hemos colocado un nombre que nos identifique como comunidad indígena; es así como lo hemos denominado "Manaiye" que en lengua Uitoto traduce, "quebrada de aguas frías".

Al llegar mi familia de los lados de Florencia nos ubicamos en las vegas del río Caquetá. Son terrenos muy fangosos y húmedos por la cercanía del río. Vivíamos en una lomita donde sembrábamos yuca y plátano. Las personas para sus labores diarias tenían que atravesar el río.

Por dos ocasiones —cuenta mamá— tuvo que afrontar el naufragio de su canoa y en una ocasión casi perecemos todos, ya que viajaba mi hermano mayor que apenas tenía 7 años. El otro tenía como cinco y yo como dos. Al voltearse la canoa mamá le dijo al grandecito:

    —¡cójase de mí!

Pues éste ya sabía chapaliar.

    —Allá en mi comunidad los niños desde muy pequeños ya saben nadar; a mi hermano que sigue lo mordió de la camisa. Y a mí me llevó con un brazo, mientras que con el otro brazo nadaba.

Hace poco tiempo se volvieron a voltear en el Orteguaza, pero se subieron encima de la canoa, hasta que un señor los rescató. Estas peripecias que vivimos a la orilla del río fueron uno de los factores por los cuales decidieron mis padres cambiar de lugar de vivienda, a un lugar más seguro y donde hubiera buena cacería y pesca; pues de estas actividades, más el cultivo y la recolección, es que se ocupan la mayoría de los indígenas amazónicos.

De mi parte nunca le tuve temor al río, ya que desde muy pequeño tuve que enfrentarme a él y me concilio con su bravura aprendiendo a nadar en sus aguas, a moverme; en fin, a enfrentarme a su torrente. Tengo recuerdos muy lejanos de mis abuelos y mis padres quienes siempre me prevenían diciendo: "No vayan solos al río, no se monten a la canoa, que se les puede voltear..", pero esta prevención era al mismo tiempo un reto para los jóvenes de mi edad.

Algo que quedó muy marcado en mí, de esas peripecias juveniles, fue una caída que tuve por bajar unos bananos maduros de donde habían dejado colgado el racimo. Esa vez, además de los regaños y el golpe contra el suelo, me hice 3 cortadas en diferentes partes del cuerpo.

Después de esto, que sucedió por allá por los años 1962, viajaba muy esporádicamente a la finca que mi papá había comprado, pero generalmente estaba en Mandalay, que es como un barrio de la Base Aérea de Tres Esquinas, donde me dejaban mis padres acompañando a una tía llamada Nelly. Nunca estuve a gusto por quedarme con mis abuelos o tíos. Lloraba mucho por las noches, y añoraba la finca. Siempre me gustó estar allá aunque fuera solo, rodeado del canto de los pájaros y la naturaleza.

 



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