LECTURA COMPLEMENTARIA

Organización
de Estados
Iberoamericanos

Para la Educación,
la Ciencia
y la Cultura

RED IBERFORMAT:

Formación en Administración y Gestión Cultural.

Organización de Estados Iberoamericanos
para la Educación, la Ciencia y la Cultura, OEI, 1997-1998
Permitida su reproducción citando la fuente.

 

El ESTADO Y LA CULTURA

Establecer la relación entre Estado y Cultura Estado y de Cultura de manera simultánea es, desde muchos puntos de vista, una contradicción, en la medida en que el Estado por su propia naturaleza busca unificar y controlar, mientras la cultura es diversa y busca escapar al control. En efecto, mientras que el Estado adelanta procesos a través de los cuales se quiere que todos los ciudadanos obedezcan a unos mismos principios y valores que permitan la mayor unificación posible de la sociedad, la cultura se revela contra esas formas de control por medio de lo que le es más específico, la creación, la transformación, lo lúdico. Es dentro de este contexto que se comprende la famosa frase sarcástica de Nietzsche : "!Nuevo fenómeno!, el Estado como la estrella para guiar la cultura", con la cual le da respuesta al canciller Bismarck , que viene de proclamar, en 1871, el II Reich en la galería de los espejos de Versalles y, a su regreso a Berlín, va a predicar por primera vez la Kulturkampf , según la cual no es la nación la que debe impulsar y crear la cultura, sino es el Estado el que debe dirigirla y desarrollarla para, de esta manera, extender su poder.

Estado y Nación son los dos representantes de este juego de fuerzas en el que cada uno busca imponerse y destruir al otro, pero donde los resultados son totalmente diferentes, en la medida en que la nación busca lo activo, lo transformador, lo modificador, lo creador y lo diverso, para utilizar el lenguaje de Nietzsche , mientras que el Estado representa lo reactivo, lo conservador, lo que debe permanecer dentro de un orden determinado.

Son las diversas condiciones y circunstancias en las cuales se han desarrollado los acontecimientos históricos, las que ha permitido una mayor o menor imposición de la voluntad del Estado o de la nación y es así como se dieron los grandes totalitarismos de Estado en este siglo, en los cuales se señalaron las pautas del pensamiento de toda la nación pasando por las reglas obligatorias para que se aceptara un proceso cultural, hasta los temas y las formas de expresión en la literatura, la música y el arte. Pero también se ha dado el otro extremo, cuando el Estado ha mirado con desinterés los procesos culturales y los ha dejado sin posibilidades de canalización por falta de apoyo.

La relación entre la cultura y el Estado no es entonces fácil, ni es fácil encontrar reglas generales que puedan ser aplicadas de manera indeterminada porque, de alguna manera, esa relación va desarrollando su propia dinámica. Sin embargo, es claro que la voluntad del Estado se ha ido imponiendo a través de los diversos procesos de educación y formación, y las políticas culturales, en términos generales, obedecen más a una concepción predeterminada de lo que es la cultura y de los intereses de orden político que le corresponden, que a una promoción, gestación y re-creación de los distintos procesos en los cuales se desarrollan los valores culturales.

Lo anterior no pretende constituirse en un juicio de valor, sino mostrar, desde una perspectiva de análisis, los elementos que se encuentran en juego dentro de la relación cultura y Estado, la cual, en este momento histórico, es de carácter necesaria y, por esa misma razón, no puede suprimirse ninguno de los dos elementos que la componen. Como consecuencia de lo anterior, las diversas organizaciones estatales dedicadas a la cultura, llámense ministerios de la cultura, o institutos descentralizados o, inclusive, casas de la cultura, deben tener una alta participación de la sociedad civil en cabeza principalmente de los gestores culturales.

La conformación de consejos regionales de cultura y de fondos mixtos constituye la mejor manera de controlar el intervencionismo del Estado, así como el exceso de particularismo del sector privado. Esta interrelación da la posibilidad a las dos partes de trasladar la tensión y la disputa por las relaciones de poder a un terreno en el cual hay plena consciencia de los intereses que se encuentran en juego debido a que en este tipo de organizaciones la disputa se da entre personas o grupos que buscan el desarrollo de políticas determinadas.

La argumentación aquí presentada busca abrir un debate, pues es claro que se parte de la tesis según la cual el desarrollo de la sociedad y del Estado es el producto de una lucha interna entre las partes en la medida en que tienen y buscan fines distintos, de ahí la importancia de encontrar un terreno fértil para los dos, donde las reglas de juego sean claras.

Políticas Públicas Culturales

Un terreno fértil para las relaciones entre la sociedad y el Estado conlleva una redefinición de la noción de lo público. Hoy ya no es posible lógica e históricamente la identificación entre lo público y lo estatal; la asimilación de lo público a una sola esfera del orden social empobrece tanto a la sociedad como al Estado; más aún, en una época en la cual se sostiene la tesis del declive de la vida pública y el auge de la vida privada ( Victoria Camps ).

La disputa por la representación de lo público caracteriza a la historia de la modernidad y se reconoce al Estado desde sus inicios como uno de sus interlocutores importantes, pero no el único. Pero en algunos momentos de esa historia de la modernidad se ha pretendido considerar la esfera estatal como la dimensión pública por excelencia. Boaventura De Souza Santos considera que un rasgo típico de la modernidad jurídico-política es la hiper-politización estatal y la despolitización de la vida cotidiana. Hoy consideramos que lo público incluye lo estatal, pero abarca otras dimensiones más allá o allende esta esfera.

Toda persona tiene básicamente tres tipos de actuaciones: públicas, privadas e íntimas. Aunque las distinciones entre unas y otras no son siempre fáciles, lo que de nosotros pertenece a los demás son las actuaciones públicas ya que se relacionan en y para el público; son tanto nuestras, como del prójimo. Y ese tipo de actuaciones las realiza el Estado, las comunidades, diversas instituciones, las familias y los individuos, entre muchos otros.

El carácter público, privado o íntimo de estas actuaciones se deriva principalmente del espacio o escenario en que se desenvuelven. "Hay actuaciones que, al parecer, son necesariamente públicas, dar una conferencia, por ejemplo, pero eso es el segmento último de un proceso que ha de incluir también la preparación e inclusive, hasta quizá un ensayo con un público imaginario, que son actuaciones privadas. A la inversa, odiar es una actuación íntima, siempre y cuando se mantenga en el espacio íntimo en el que se actúa sintiendo, fantaseando, etc., pero no si se prosigue en el espacio público en el que se puede hablar del odio experimentado o se puede actuar contra el sujeto odiado" ( C. Castilla del Pino ).

Las actuaciones para la preparación y formulación de políticas culturales es realizada contemporáneamente por diversos agentes (Estado, grupos comunitarios, empresas privadas, organizaciones no gubernamentales, individuos, etc.). Una política cultural que sea formulada por un único agente terminará siendo estéril y unilateral, por ejemplo, cuando es exclusivamente el Estado, termina en el "patrimonialismo estadista o "dirigismo estatal", o si el agente es el mercado, culmina en el "mercantilismo cultural" o "privatización" de la vida cultural.

Según José Joaquín Brunner , el mercado no puede gestionar autárquicamente la cultura por tres razones:

 

1 . Porque toda cultura es ante todo un espacio y un proceso de sedimentación de memorias, con largas o medias temporalidades y, lo que produce el mercado es todo lo contrario;

2 . El mercado no puede crear los vínculos sociales entre los sujetos que constituyen comunicativamente el sentido colectivo de la vida, ya que él opera evanescente y anónimamente;

3 . La cultura necesita y produce una enorme tasa de innovación que surge de las diferencias y conflictos de toda sociedad y, el mercado muchas veces opera por exclusión o estandarización.

Si en décadas anteriores las políticas públicas se consideraban un quehacer y obligación estatal, la necesidad de redimensionar lo público en el ámbito de la cultura ha convertido la formulación de políticas culturales que actualmente compromete al Estado en estrecha relación con múltiples agentes. Las políticas culturales públicas son del Estado y la sociedad entera.

Políticas Publicas Territoriales

A partir de la década de los ochenta han adquirido una mayor importancia las relaciones entre la cultura y la cuestión regional. Ninguna cultura o política cultural pueden comprenderse sino ligadas a un territorio.

El investigador español Alfons Martinell , ha subrayado que el ingreso de la cuestión regional en la dimensión cultural ha conllevado una distinción que anteriormente era imperceptible: entre finalidades sociales (o principios) y políticas. Las finalidades sociales son estables, permanentes y abstractas; las políticas son dinámicas, dependen de la realidad territorial concreta y del diagnóstico de las necesidades sociales. Una finalidad social se puede orientar a partir de políticas diferentes, desde itinerarios o estrategias que no son coincidentes. Las políticas son un fenómeno fruto de la génesis social, de la mediación de actores sociales y conforman esos itinerarios no coincidentes para conseguir la finalidad. Por ejemplo, la democracia cultural o el respeto a la multiculturalidad o la descentralización cultural, pueden ser buscadas y conquistadas a través de muy diversas políticas.

Aunque la diferenciación entre políticas y finalidades sociales (principios) por momentos se torna difícil, uno de los desafíos contemporáneos es lograr establecer estas fronteras, ya que en muchos casos la formulación de las políticas culturales sólo logra establecer las finalidades, pero no logra transitar hacia las políticas. La finalidad es sólo un paso en la formulación de las políticas culturales.

Un papel central en el diseño de políticas culturales lo cumplen los agentes sociales ubicados en su territorio. Intervienen o pueden intervenir tanto en un sentido positivo como negativo. Su importancia se deriva de sus propias funciones básicas:

 

a. Analizan e interpretan la realidad social-territorial y dan respuesta a sus problemáticas, necesidades y demandas;

b. Posibilitan y canalizan la participación y la incorporación de grupos para la acción;

c. Son aglutinadores y creadores de estados de opinión sobre temas de preocupación colectiva;

d. Pueden ayudar a estructurar y a construir las distintas demandas sociales, educativas y culturales;

e. Ejercen una función prospectiva al descubrir y evidenciar nuevas necesidades o problemáticas de la sociedad.

Además de este papel central de los agentes sociales territoriales en la formulación de políticas, es ineludible tener en cuenta para esa preparación y diseño algunos otros aspectos como:

 

a. El grado de posibilidad de desarrollo de una política en el marco territorial determinado. Por ejemplo, posibilidades de gestión, dinamización, adaptación, implantación, estructuración y otras;

b. El grado de disponibilidad de recursos convenientes en los distintos órdenes financieros, técnicos, humanos, materiales, espaciales, etc..

c. El grado de conocimiento de que disponemos sobre el tema o campo de actuación, por ejemplo, conocimientos de carácter investigativo, informativo y documental de las comunidades humanas, entre muchos otros;

d. Nivel de los recursos para la aplicación de la política, tales como recursos políticos, cognitivos, financieros, administrativos, organizativos, etc..

La tesis principal de Martinell es que una política cultural territorial en ningún caso se podrá realizar si no coincide con la estructuración de los agentes sociales en su conjunto. Y en general, la formulación de políticas culturales en Iberoamérica no ha insistido en esta coincidencia ni en el papel determinante de los agentes sociales territoriales en su adecuada formulación.

Nociones y Desarrollo Histórico en Iberoamérica

El debate sobre las políticas culturales en Iberoamérica ha girado en torno a cuatro tesis: su ausencia o inexistencia; su descontextualización; la existencia de vacíos o lagunas; su inaplicabilidad práctica. Tal vez, la única de las anteriores que consideramos plenamente problemática, es la primera: la ausencia de políticas culturales. En la región existe una tradición y una historia de políticas culturales que podríamos remontarla hasta los pueblos indígenas. Más plausibles y discutibles son las otras tres tesis.

La periodización propuesta por el investigador argentino Edwin Harvey plantea por lo menos la existencia de seis momentos históricos en las políticas culturales en este siglo.

 

El primer período abarca las tres primeras décadas y se caracteriza por el predominio del mecenazgo oficial en que el Estado realiza acciones coyunturales de apoyo y subsidio en el campo principalmente de las artes.

El segundo se considera como la transición de los años treinta, en que aparecen organismos administrativos nacionales de fomento y apoyo a la cultura de carácter permanente y, las actividades se dirigen tanto a la protección del patrimonio histórico como del artístico.

Un tercer momento en el contexto de la postguerra y la década de los cincuenta, en que se crean las primeras Organizaciones Intergubernamentales de carácter mundial alrededor de las Naciones Unidas. Se acentúa la acción internacional en Educación y Cultura, como también el apoyo y la preocupación por el papel cultural de las industrias culturales (principalmente radio, televisión, periodismo y cine).

Un cuarto período, ubicado en los años sesenta, caracterizado por el nacimiento en la mayoría de países de Iberoamérica de Organismos Nacionales de apoyo y fomento de la dimensión cultural, así como el surgimiento de una legislación cultural en temas constitucionales, propiedad intelectual, bibliotecas, financiamiento, entre otros.

El quinto momento, en la década de los setenta, donde el tema y el problema cultural se convierte en ineludible, se inicia con la importante Conferencia de Venecia sobre Políticas Culturales que, dentro de sus recomendaciones, llama a los países a realizar reuniones continentales para esclarecer una posición ante las Políticas Culturales regionales. Las acciones internacionales se incrementan en forma relevante y se vincula la dimensión cultural a políticas de planeación. Por ejemplo, en Bogotá, Colombia, en 1978, se realiza la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Culturales para América Latina y el Caribe, que postula destacadas recomendaciones para los países de la región.

El sexto período, en los años ochenta, introduce un importante acento en los asuntos relativos al financiamiento cultural y un conjunto de investigaciones realizadas por los centros académicos. A partir de esta etapa son destacables tres aspectos: la discusión por el papel y límites del Estado en la formulación de las Políticas Culturales; la preocupación por un cualitativo incremento en la participación de la sociedad en su conjunto y el papel destacado de la comunidad universitaria en las acciones relativas a su formulación.

Aunque son múltiples los conceptos o aproximaciones a la noción de Políticas culturales, queremos aludir a tres de ellas:

 

Néstor García Canclini concibe la política cultural como el conjunto de acciones que realizan diversos agentes para orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales y obtener consenso o disenso sobre un tipo de orden social. Nunca una Política Cultural puede ser formulada por un sólo agente, así éste sea sólo el mercado o el Estado o la comunidad autogestionaria.

José Joaquín Brunner , en forma sintética, considera que son las oportunidades para actuar en un circuito cultural (producción, circulación y consumo de bienes culturales). Los componentes de este circuito cultural son básicamente cinco: agentes habituales, medios de producción, medios de circulación, públicos y organizaciones (Estado - Mercado - Asociaciones Voluntarias).

Alfons Martinell establece la distinción entre finalidades sociales y políticas culturales. Las primeras son estables y accesibles por itinerarios o estrategias que no son necesariamente coincidentes; las políticas, en cambio, son dinámicas y dependen de una realidad territorial concreta. Por tanto, una finalidad social se puede orientar a partir de políticas diferentes. Al ser las políticas siempre expresión de un fenómeno de génesis y mediación social, las Políticas Culturales son siempre territoriales.

Participación social y cultural

Es muy distinto hablar de participación social y cultural en una sociedad que se presenta unitaria, es decir, donde el concepto de nacionalidad como un todo unido e idéntico a sí mismo atraviesa la comprensión de la sociedad y de las manifestaciones que ella presenta, y otra muy distinta es si partimos de la existencia de una sociedad multicultural, donde la existencia de una diversidad de culturas que viven en un mismo espacio social, representadas por etnias, por géneros, por comunidades, pero también por intereses particulares de carácter diverso que ponen en tela de juicio la universalidad como valor, como representatividad y como símbolo a seguir, cuestionan y al mismo tiempo revelan tensiones y cambios o procesos de cambio profundos dentro de la estructura social, que hacen poner en movimiento conceptos que se consideraban de alguna manera plenamente elaborados y que solamente podían ser cuestionados desde afuera de ellos mismos, pues internamente se encontraban totalmente consolidados.

En efecto, hablar de participación social y cultural en una sociedad que se define a sí misma como a partir de principios que son comunes para toda una población, es hablar de una participación en la que por definición se inscribe dentro de unas políticas establecidas que en términos muy generales pueden ser vistas como aplicables, de manera indeterminada, a todos los sectores que se correspondan con ese modelo. Desde ese punto de vista la participación social y cultural adopta un sesgo ideológico que se corresponde, la mayoría de las veces, con las políticas del Estado.

Por el contrario, si partimos de la existencia de la multiculturalidad y en consecuencia de una pluralidad de conductas, de intereses, de posibilidades y en general de tareas a realizar, la participación social y cultural se diversifica y aparecen múltiples agentes cuyas tareas son muy variadas, pues pueden pasar de la mera conservación de ciertos valores culturales, pasando por su reproducción, hasta postular su transformación. En ese sentido la participación se da de manera activa e involucra a los participantes en tareas específicas dentro de una comunidad determinada que no pretende que sus problemas y necesidades sean iguales a los de otra comunidad y mucho menos que las maneras de solucionarlos puedan ser copiadas y universalizadas.

La participación siempre es para algo y por algo, no se puede inventar, corresponde a necesidades sentidas y desde ese punto de vista la participación le corresponde a los miembros de la comunidad que han detectado el o los problemas que quieren solucionar. Cuando como resultado de un proceso estas circunstancias se dan, la participación se concreta en la medida que los miembros de la comunidad se encuentren plenamente informados y puedan opinar sobre los distintos posibles caminos a seguir, para de esta manera tomar decisiones sobre las políticas y los medios que se deben desarrollar para el cumplimiento de los objetivos propuestos.

En la medida en que los diversos grupos logren la participación de sus miembros en los proyectos de transformación y consolidación proyectados por las distintas comunidades, los cuales a su turno van produciendo diversificación de los mismos, la noción de cultura va cobrando cada vez más un sentido de vivencia y pertenencia, y en ese sentido deja de ser vista como una noción la más de las veces difusa en la que se habla de patrimonio y herencia cultural, para convertirse en el proceso de participación creador de nuevos valores y sentidos que son compartidos en la cotidianidad y son incorporados a la sangre y a los huesos con cada uno de los miembros de la comunidad participativa.

 



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