INTRODUCCION
La presente reflexión parte del análisis de un actor
clave en el desarrollo de las sociedades del Caribe, el contrabandista,
a la luz de la realidad guajira y enmarcándolo dentro del
mundo de las relaciones geohistóricas caribeñas.
Concebiendo el panteón Caribe desde la
perspectiva del contrapunteo entre los cánones del pensamiento
científico occidental y el pensamiento sincrético
de origen africano que dentro de otra lógica es todo y
a la vez nada, inseparable de los mundos del mundo de los fenómenos,
ni del ser, a decir de Benitez Rojo.
Desde esta perspectiva esa lógica le dio
al pueblo caribeño la fuerza unificadora que permitió
al esclavo sobrevivir a la plantación, sobrellevar sus
desarraigos y volver a tejer nuevas redes de solidaridades y reciprocidades
que hicieron del Caribe una realidad múltiple, donde convivían
y conviven aún, los modelos europeos más destacados
con los mundos de los nuevos grupos nacidos de esta relación
de explotación.
La circulación de los bienes y servicios,
condición necesaria para la supervivencia de las sociedades
se enmarcó, para el Caribe, en dos modelos bien diferenciados,
para España la meta del trabajo era el atesoramiento de
bienes y su acumulación; mientras para el resto de poderes
europeos la meta del trabajo del hombre estaba en la posibilidad
de intercambiar y producir ganancia a través de la actividad
comercial. Mientras el uno, propugnaba por el estatismo de los
bienes y servicios, los otros luchaban por su movilidad como fuente
de riqueza.
En este contexto, España se convertía
en óbice para las aspiraciones del resto de Europa, es
así como tanto franceses como holandeses, ingleses, daneses
y alemanes inician un proceso de expulsión de España
de la mayoría de sus colonias marítimas y el saqueo
tanto de sus embarques de oro y materias primas como de sus ciudades
costeras, mediante la empresa de la piratería.
Paralelamente a la piratería se desarrolló
el intercambio de bienes con los pueblos tomados los cuales pasaron
a ser base de intercambio. Las zonas atacadas, generalmente de
difícil control del reino español recibieron la
avalancha de productos europeos. Este trabajo paralelo a la piratería
fue el contrabando que legitimaba el desplazamiento de los peninsulares
y en muchos casos terminó convirtiéndolos en sus
agentes.
El individuo ejecutor de la labor de intercambio
adquirió una posición notable en estas sociedades
convirtiéndose en el antihéroe que satisfacía
las demandas de la población y posteriormente generó
una elite comercial con un gran prestigio regional que sobrevivió
hasta hace muy poco.